Aquel verano de 1993

Aquel verano de 1993

Existe una luminosidad en Verano 1993 (Carla Simón, 2017) complicada de definir: el film combina la ligereza del verano, esa luz intensa de los días más calurosos, con una sensibilidad admirable. La película -premiada en el Festival de Málaga y la Berlinale, entre otros- narra la historia de Frida, una niña de seis años, que, tras la muerte de su madre, se traslada a vivir con sus tíos y con su prima Anna.  Carla Simón, que se basó en sus propias vivencias para la película, confronta con delicadeza la nueva situación a la que se enfrenta Frida y las dificultades de los adultos, que en su intento de comprender a la chiquilla, cometen errores y torpezas.

Verano 1993 es más una reconstrucción que una catarsis. Como indicaba la propia Simón en una entrevista para ABC, “en realidad no necesitaba cerrar heridas, sino reconectarme a esta historia. La había contado tantas veces que no parecía mía”. Y efectivamente, la película podría haber sido una depuración interna, un torrente de lágrimas. En lugar de ello se produce una reconstrucción del entendimiento, del duelo y de la confusión que produce la muerte de la madre. Hay dolor, pero también motivos para la esperanza. Ese verano que da nombre al título reconstruye recuerdos de un estío en el que todos nos podríamos ver reconocidos: las fiestas del pueblo, el escondite, los helados al ritmo de la música veraniega… Todo ello enmarcado en un contexto en el que los adultos tratan de entender si los niños son capaces de cometer crueldades o simplemente errores.

Precisamente en el entendimiento del mundo infantil reside la gran fuerza de Verano 1993. Las actuaciones excepcionales de Laia Artigas, en el papel de Frida y de Paula Robles, en el de Anna, no hubieran sido suficientes de no existir una empatía por parte de la directora. Habrá quien diga, qué sencillo para Carla Simón, si al fin y al cabo está rememorando en cierto modo su vida. Pero, ¿cuántas veces no nos reconocemos al mirarnos de niños o tratamos a los menores como si fuesen seres ignorantes, y no como personas completas, capaces de procesar su propia pena?

Es difícil, como he dicho anteriormente, describir Verano 1993. Porque puede evocarnos una nostalgia personal por nuestros propios veranos, resumir el espíritu de los estíos que pasamos de niños, todo ello sin renunciar a mostrar el dolor de Frida. Un dolor que no tiene por qué manifestarse mediante la lágrima y el sollozo, sino también mediante las pequeñas rebeldías o la resistencia ante los cambios: es notable cómo hasta el final de la película, Frida no pregunta realmente sobre lo que le pasó a su madre, y cómo solo en la última escena rompe a llorar, cuando ya ha asumido su nueva situación. Porque todos tenemos formas distintas de afrontar el pesar, y porque el hecho de ser niña no hace menos legítimos los sentimientos.

 

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