‘La La Land’ y los finales felices

‘La La Land’ y los finales felices

La La Land

Voy a confesarlo. La La Land me fascina. Vale, replantearé esta afirmación porque en realidad tiene trampa: lo que en realidad me fascina es intentar comprender por qué ha causado tanto revuelo, pero sobre todo intentar dilucidar por qué hay gente convencida de que la película acaba mal. Supongo que este film que homenajea hasta el éxtasis a los musicales del Hollywood clásico con imágenes saturadas en tecnicolor, en el que los protagonistas alcanzan sus más preciados sueños, es lo más parecido a un drama que he visto nunca.

Decir que La La Land no tiene un final feliz porque los dos enamorados no acaban juntos implica algo muy simple: el convencimiento de la existencia de una media naranja, de un destino predeterminado para cada uno, en el que la idealización del amor siempre está por encima de todo lo demás (supongo que el autor del delirante artículo ’25 películas que es mejor que no veas con tu pareja’, está muy aferrado a esta creencia).

Puede ser, dejando a un lado lo dicho, y ciñéndonos a las convenciones del happy ending en el que los amantes se juran amor eterno, que la cosa no cuadre a primera vista. ¿Estamos entonces ante un final trágico, ante una ruptura cinematográfica en la tradición del musical?

Pero centrémonos: desde el primer momento queda claro que la relación entre Mia (Emma Stone) y Sebastian (Ryan Gosling) es tan solo una excusa. El encuentro de dos personas con similares ganas de triunfar que llegado el momento deciden separar sus caminos de mutuo acuerdo. Quizás con cierta melancolía porque se han querido (aunque el film no profundice tanto en su relación como para generarme ningún tipo de empatía), pero dejando claro, citando al periodista Hunter Harris, que su fantasía “no puede sostener las tres partes del ménage à trois” entre ellos y “sus ambiciones en Los Ángeles”.

En el universo creado por Damien Chazelle, el final de La La Land es feliz, porque sus protagonistas priorizan sus ambiciones desde el primer segundo de la película. Incluso cuando asistimos a su ensoñación parisiense de “¿qué hubiera pasado si…?”, estamos solo ante el recuerdo levemente melancólico de un momento de su vida. Cuando presenciamos ese despliegue de luz, color y música, algo queda claro: no hay subversión, no hay ruptura. La película es puro escape.

Este musical se agarra de manera innegable al American Way of Life mediante el lema del esfuerzo individual, casi gritando: ‘si no consigues lo que quieres es por que no luchas lo suficiente, es tu culpa’. Añadámosle a esto que Mia triunfa, pero por supuesto tiene una familia a su lado. ¿Hay algo más propio del happy ending  que esta declaración de principios, esta perpetuación del orden social?

En La La Land no hay revolución, ni siquiera demasiada pasión. El film de Chazelle es un ejercicio nostálgico similar al homenaje al cine mudo de The Artist (ganador del Oscar en el año 2011). Se trata de una película entretenida, agradable como sus canciones, pero equiparable a un rollo de una noche que te recuerda a otro mejor.  El remedo de un amante previo que no perdurará mucho en la memoria.

La La Land – Movie References from Sara Preciado on Vimeo.

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