‘Los exiliados románticos’ : el desorden amoroso

‘Los exiliados románticos’ : el desorden amoroso

Ilustración de Los exiliados románticos
Hay un momento en Los exiliados románticos (Jonás Trueba, 2015) en el que los protagonistas charlan a la hora de la cena: sobre el significado de la palabra exilio, la maternidad y la creación artística. Uno de ellos, Vito, se asoma en medio de la conversación para hablar de su empleo de verano en una tienda de colchonetas, creando cierto patetismo y ternura, mientras pasa inadvertido en una charla en la que sus amigos se empeñan en citar palabra por palabra un fragmento perteneciente a un relato de Natalia Ginzburg, que por si fuera poco se repite en dos idiomas.

El personaje de Vito es el mismo que protagoniza después una embarazosa secuencia en la que deja desbordar sus sentimientos ante una chica francesa con la que tuvo un encuentro en verano. En un francés mal hablado, y mientras despliega una larga carta en la que describe su torrente de emociones, ella lo mira con cara de circunstancia intentando manejar la incómoda situación de la mejor manera posible. Yo empaticé de algún modo con ambos: con él, en cierta medida, imaginando el mal trago que estaba pasando al decir aquellas palabras; y con ella, que probablemente pensaría “a ver cómo salgo yo de ésta siendo amable”.

Dicho esto, y después de haber leído varias críticas sobre la película, me resulta curioso que muchas se refieran a su “idealismo romántico”. Principalmente, porque a pesar de lo que podría señalar en un inicio su título, el film habla en cierto modo de las relaciones interrumpidas, inacabadas, inconclusas. No solo amorosas, sino humanas en general. Una historia trufada de escenas patéticas y supongo, aunque no me gusta demasiado utilizar esta palabra, reales. Tan patética e interesante es la actitud de Vito ante la chica, como lo es la charla intelectual de sus amigos en la cena citada al principio del texto. ¿Pero quién dice las palabras adecuadas en todo momento?

Los exiliados románticos refleja en cierto modo el desorden amoroso. Como sucede a menudo en el cine posmoderno, hay “personajes que hablan sin entenderse, porque remiten continuamente a lo que uno piensa que el otro piensa” [1]. Ahí tenemos a Francesco citando a Renata las “pequeñas diferencias” de gustos y pensamientos – en referencia a otro relato de Natalia Ginzburg- que los separan. Ella le responde que puede enumerarlas infinitamente, y al mismo tiempo, dice que está cansada de hombres que le tienen miedo. Pero también da cancha a que continúe un vínculo afectivo entre ellos.

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Por otro lado, y en relación a esta inestabilidad amorosa, tenemos a Luis, que se reencuentra con Isabel, que expresa su deseo –más teórico que práctico- de ser madre, mientras él solamente estará pensando en besarla.

Todas las historias están cargadas de ironía, de un romanticismo difuso: no es casualidad que París –uno de las representaciones más recurrentes del amor ideal en el cine – sea uno de los escenarios de esta road movie en la que Vito, Francesco y Luis se reencuentran con mujeres que han tenido (o tienen) un significado especial en su vida.

Los exiliados románticos se construye sobre la marcha, como su propio lema cita, y proviene de la improvisación, de un modo que deviene en una representación bastante natural de las relaciones humanas. Algo que es a mi modo de ver, una de sus mayores virtudes. Además de ironía, está cargada de autorreflexividad, de un discurso sobre la naturaleza del cine: el momento en el que la cantante de Tulsa –que ha actuado de banda sonora diegética en la película- los persigue, o cuando Renata e Isabel reflexionan acerca de si la película pasaría el Test de Bechdel, para luego sumergirse en un lago con los chicos y disfrutar del momento.

Habrá a quien el film de Trueba le resulte pedante, a quien los personajes no le caigan bien o le resulten poco simpáticos. Pero con lo que yo me quedo de Los exiliados románticos es que me ha incomodado y me ha interesado a partes iguales, porque no dejo de tener la sensación de que existen gente y momentos así fuera de la ficción.

[1] Imbert, Gérard- Cine e imaginarios sociales (Cátedra, Madrid 2010)

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