‘Recuerdos de la casa amarilla’: la nada

‘Recuerdos de la casa amarilla’: la nada

Una especie de pesadez, similar a un día muy largo de bochorno, atraviesa de principio a fin Recuerdos de la casa amarilla. El film de João César Monteiro comienza con un largo travelling en el puerto de Lisboa y recorre las calles de la ciudad de la mano de João de Deus. El protagonista es un hombre de mediana edad, sin oficio preciso, que habita en una sofocante pensión regentada por una estricta propietaria obsesionada con que su hija, ‘a menina Julieta’, se convierta en una clarinetista de éxito.

Es Julieta el objeto principal de deseo de João, que con su espíritu de voyeur se agazapa en los balcones para observarla, la espía entre las puertas entreabiertas y en los reflejos de los cristales. La actitud de João hacia la joven es sólo uno de los flecos de la perversidad y la sordidez del universo de Monteiro. El hastío y la asfixia de las la decadente ciudad, de la casa, están presentes cada minuto; sobre todo en esos interminables planos en los que vemos a João realizar repetitivas tareas cotidianas, como lavarse o simplemente seguir los consejos de su médico.

Sólo el humor, la sátira, nos salvan en ocasiones de esta pesadez que caracteriza al relato. Una pesadez que más que un defecto, podría verse como la representación del vacío. Memorable es la escena en la que João le propone a Julieta una escapada en un autocar con aire acondicionado, para visitar Oporto, “el Corte Inglés y Vigo” y terminar con “una apoteósica mejillonada gallega”. La invitación, que no es bien recibida, impulsa al perverso João a tratar de violar a Julieta. El protagonista, descubierto por la madre de la joven, escapará sin el dinero que había encontrado escondido en el vientre de una muñeca.

Los acontecimientos culminarán con otra conversación para el recuerdo: una a gritos entre las inquilinas de la casa, en las que hablan de las capacidades sexuales de los maridos. Pues en Recuerdos de la casa amarilla, la impuesta castidad choca con la perversión moral del protagonista, cuyas relaciones nunca ocuparán la pantalla: basta fijarse en la escena del coito con una prostituta que habita en la casa, en la que la cámara huye hacia un póster que  João tiene colgado en la pared.

El diablo, como se podría también llamar a su protagonista, se verá conminado a vagar como un indigente, acabará en un manicomio en un intento de redimir sus pecados. Pero el diablo es sabio, y la nada inexorable, y escapará de esa nueva cárcel que es el psiquiátrico, resucitará a través del humo,  para reaparecer en las calles lisboetas, tan asfixiantes como la nada.

*La película puede verse dentro del ciclo Pessoa/Lisboa’,  este mes en el Círculo de Bellas Artes de Madrid.

*En la Filmoteca Española, con motivo del VI Festival Márgenes, se proyecta un ciclo dedicado a Monteiro.

 

 

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