Star Wars y el negocio de la nostalgia

Star Wars y el negocio de la nostalgia

SPOILERS

Confieso que cuando allá por el año 99, cuando vi Star Wars Episodio I: La Amenaza Fantasma, me emocioné. Tenía tan solo 11 años y ver por primera vez un capítulo de la saga de George Lucas en el cine fue una experiencia única. Tiempo después, y con otra perspectiva, comenzaría a detestar al Jar Jar Binks que en principio me había hecho gracia y a ver los fallos de una trilogía, que no obstante, recuerdo con mucho cariño. ¿Cómo olvidar la carrera de vainas y la transformación de Anakin en Darth Vader en los siguientes episodios? ¿Cómo no recordar con cariño la ansiosa espera entre un film y otro?

Los episodios I, II y III, me abrieron la puerta a la saga clásica, que considero sin ninguna duda la superior. Todo esto no lo cuento para defender la denostada trilogía (¡aunque siga reafirmando el valor de La venganza de los Sith!), sino para preguntarme si la nostalgia está arruinando, a la par que consolidando la saga de Star Wars iniciada por Disney. Y también para interrogarme si este mismo recuerdo fastidió la historia de la evolución de Anakin Skywalker hacia el lado oscuro para los fans que en los años 70 y 80 vieron la trilogía clásica en pantalla grande.

Si El despertar de la Fuerza fue a todas luces un remake encubierto de Una nueva esperanza, Los Últimos Jedi, ha causado serias divisiones no solo entre entre fandom, sino también entre los espectadores más ajenos al mundo de Star Wars. Hay quien acusa a la entrega de Rian Johnson de desprenderse del canon creado por George Lucas, de olvidar los principios básicos que rigen la galaxia. Hay cierta frescura: el no sucumbir a convertir a Rey en hija de Luke, como Kylo Ren lo era de Han Solo, o Luke de Anakin. La decisión, un poco valiente, de destruir a la orden Jedi, o no hacer de nuevo un remedo de la escena del entrenamiento Yoda-Luke.

Los últimos Jedi

¿Pero es esta “frescura” en realidad un cambio? Porque al fin y al cabo los patrones se repiten: la destrucción de un maestro y la ascensión de un nuevo señor oscuro, el resurgimiento de la resistencia con Rey como esperanza de los Jedi, y el atisbo de la Fuerza en los lugares más recónditos de la Galaxia. Porque puede que Luke se haya ocupado de rechazar a la Orden Jedi, pero, a riesgo de salir por peteneras, y citando a la novela de Giorgio Tomasi di Lampedusa, El Gatopardo, “es necesario que todo cambie si queremos que todo siga igual”.

Aunque es bien cierto, como investigó el mitólogo Joseph Campbell -y en el que George Lucas reconoció basarse para Star Wars- el viaje del héroe es un modelo básico para definir mucho de los relatos épicos del mundo, me pregunto si Disney no estará estirando demasiado el chicle. Es cierto que en ningún momento me aburrí durante las dos horas y media de Los últimos Jedi, que me emocioné a ver a Carrie Fisher y al comprobar que la Fuerza seguía viva en la Galaxia, pero ya nada es lo mismo. No solo porque las rabietas de Kylo Ren -aunque adore a Adam Driver- me parezcan dignas de un adolescente, o porque la trama de Finn y compañía sea innecesaria, sino porque quizás la nostalgia hace que me parezca que la fórmula está agotada. Esa misma nostalgia, que sin embargo, le está dando millones a Disney.

Disfruté de la película, aunque no con el mismo interés que hace años presencié la transformación de Anakin en Darth Vader. No porque se tratase de una trilogía memorable, sino porque el material de partida me parecía mucho más interesante, y estoy segura de que hubiese sido sensacional si se hubiese planteado de otra manera. Quizás simplemente me pilló en el momento exacto. Por eso, y a pesar de los errores en la trama, invito a ver sin prejuicio Los últimos Jedi. Aunque sea por una cuestión de coherencia: está claro que sigo y seguiré pagando religiosamente por ver en el cine cada entrega de Star Wars. Al menos de momento.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *