‘The Handmaid’s Tale’: lo personal es político

‘The Handmaid’s Tale’: lo personal es político

The Handmaid's Tale

Imaginaos un futuro en el que las mujeres pierden completamente sus derechos reproductivos y la fertilidad es escasa. En él, las pocas mujeres que pueden dar a luz se convierten en meros instrumentos en manos de un Estado totalitario, en sirvientas que han de dar hijos a las clases dominantes. Esta es la premisa de la que parte The Handmaid’s Tale, la nueva serie de Hulu, basada en la novela homónima de Margaret Atwood, escrita en el año 1985.

La serie, que en España se puede ver en HBO, está protagonizada por Offred, a la que da vida Elizabeth Moss, la otrora Peggy Olson de Mad Men. En un futuro distópico en el que la mayoría de las mujeres son estériles, Offred se ve privada de su trabajo primero, y después de sus libertades. Tras un intento de huida fallido, la protagonista acaba en el Centro Rojo, donde la reeducarán, junto a otras mujeres fértiles, en el nuevo y temible orden social que impone la República de Gilead, antaño Estados Unidos.

Offred, cuyo verdadero nombre ha sido arrebatado por la recién instaurada dictadura, aprende una temible verdad: si quiere sobrevivir deberá ponerse al servicio de los poderosos para darles hijos que ni siquiera criará. Tía Lydia, una de las responsables de la reeducación dice: “lo normal es a lo que estás acostumbrada. Esto puede que no os parezca normal, pero después de un tiempo lo será”.

Esa temible frase se hará patente en cuanto Offred sea asignada a la casa del Comandante Waterford (Joseph Fiennes) y su esposa, Serena Joy (Yvonne Stravoskhi). Convertida en “criada” y ataviada con un vestido rojo y largo que no permite ver apenas su cuerpo, con una cofia que oculta parcialmente su cara, Offred deberá entregarse a sus nuevas responsabilidades. Mediante la “Ceremonia”, en la que yace con su cabeza entre las piernas de Serena, que la agarra fuertemente las manos, mientras el Comandante mantiene un coito con ella, se convierte en un instrumento de reproducción, o como dice ella misma, en un “útero con patas”. Como las otras “criadas”, esta es su única posibilidad de sobrevivir, de no ser enviada a las Colonias, donde le esperaría en un trato inhumano.

The Handmaid's Tale

Confinada en un ambiente puramente doméstico, sin la posibilidad de ningún tipo de ocio que la distraiga de su sufrimiento, Offred debe enfrentarse al choque entre su pasado y su nueva situación. Mediante flashbacks observamos como sus recuerdos son muy parecidos a nuestro presente, mientras que el futuro es un panorama retrógrado y extremadamente conservador. Un escenario en el que los preceptos religiosos son utilizados a conveniencia para justificar las terribles acciones de la República de Gilead y en el que las mujeres fértiles son uniformizadas como aparatos de reproducción.

Si la distopía funciona, es porque es atemporal, porque nos recuerda a asuntos tan actuales como la lucha por el Estado para decidir sobre los derechos reproductivos de las mujeres, y la maternidad subrogada, con la consecuente conversión de las madres e hijos en mercancías vendidas al mejor postor. The Handmaid’s Tale trae a la mente la frase de la feminista Kate Millet, “lo personal es político”. Como se hace patente en la ficción, el sexo se convierte en una categoría social, en una construcción cultural que funciona como herramienta de dominación de un estado patriarcal.

Por este motivo, The Handmaid’s Tale es tan escalofriante. No solo porque representa un miedo sobre las libertades de las mujeres, sino porque muestra mecanismos cotidianos del sexismo para el dominio, como lo son el intento de forzar la confrontación entre mujeres y el paternalismo. Así, no es extraño ver a Serena Joy, que confina a Offred en su habitación, como un ser odioso; mientras que el Comandante Waterford parece a primera vista, un ser más benévolo. Incapaz de conectar con la protagonista durante el sexo y decidido a hacer su vida más llevadera, la invita a partidas de Scrabble, tratando de que su relación no sea puramente mecánica y su vida más soportable.

Pero tras esta visión se oculta otra realidad, porque al fin y al cabo, Serena Joy no es más que una mujer alienada, cuyo ámbito de actuación se restringe al hogar y a la familia y cuya labor se limitará a ejercer de madre sobre el posible hijo de Offred. Su hostilidad tiene que ver con el sistema en el que ha sido obligada a subsistir, mientras que el Comandante Waterford utiliza sus privilegios en su propio beneficio.

Esta atmósfera agobiante se manifiesta por la voz en off de la propia Offred, quien incapaz de poder expresar sus pensamientos y con el miedo a confiar en nadie, incluso en sus compañeras “criadas”, encuentra en su mente el último reducto para hilar su furia y su rebeldía, para encontrar un pequeño alivio a su situación.

The Handmaid’s Tale promete dar mucho que hablar. Con su atmósfera claustrofóbica, un relato hábilmente hilado y entretenido, que trae a colación aspectos sociales y políticos, la ficción podría discurrir por derroteros muy interesantes. A la espera de saber si Offred y sus compañeras conseguirán rebelarse, basta repetir la frase que la protagonista encuentra inscrita en el armario de su habitación por una criada anterior: “Nolite te bastardes carborundorum”, “no dejes que los bastardos acaben contigo”.

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