‘Working Girls’ y la prostitución en el cine

‘Working Girls’ y la prostitución en el cine

Working-Girls

Working Girls (1986), el segundo largometraje de la norteamericana Lizzie Borden, es todo un desafío a la representación habitual de la figura de la prostituta en el cine mainstream. La directora, representante del cine de militancia feminista y queer durante los años setenta y ochenta, desmonta el mito romántico de la prostitución para mostrar lo que realmente constituye: un intercambio económico. Borden – a la que la Casa Encendida de Madrid, el Macba de Barcelona y la Tabakalera de San Sebastián– dedican un ciclo durante este mes de febrero- editó y dirigió ella misma este film, que coescribió con Sandra Kay, con un presupuesto de tan solo 110.000 dólares.

Con una estética casi documental, Borden muestra la rutina de tres prostitutas de clase media en un burdel de Nueva York: Molly, Gina y Dawn. Frente a los estereotipos reflejados en el cine -que a menudo relacionan a las prostitutas con la escasez económica, las drogas y la violencia- la protagonista, Molly, es una graduada de la Ivy League que trabaja por decisión propia en un prostíbulo, Dawn una estudiante de universidad, y Gina dedica su tiempo al diseño de joyas.

Pero lo más curioso de Working Girls es que las chicas no son el mero objeto del deseo masculino, sino el sujeto de la acción. Borden revela el trabajo rutinario de las jóvenes: la organización de las citas, la atención a las llamadas de los clientes o sus charlas sobre los hombres que pagan más por atenciones sexuales específicas. La cineasta muestra por momentos un ambiente que pudiera parecer de oficina. Pero esto no significa que eluda las partes incómodas: los momentos en el que los clientes tratan de sobrepasar los límites establecidos generan un componente de incomodidad y cierta violencia.

Las relaciones sexuales se desprenden de casi toda respuesta emocional. Las chicas se limitan a desempeñar roles de forma mecánica para obtener su paga. Así, el acto de desnudarse llega a convertirse en algo rutinario, confirmando el romance y el placer como trampas del imaginario cinematográfico masculino.

La perspectiva de Borden se enfrenta a la fascinación masculina por la prostitución y el voyerismo, tan instaurada en el cine. Tomemos las siguientes películas como ejemplo: Irma la Dulce (Billy Wilder, 1963) y Pretty Woman (Gary Marshall, 1990). En ambos casos, el hombre es descargado de toda culpa. La palabra “puta” se convierte en un tabú, un insulto, una mancha . Tanto Irma como Vivian solamente son liberadas de su pecado cuando encuentran la redención en el amor masculino. Los filmes eluden finalmente la reflexión sobre el intercambio monetario que supone su oficio.

Si en las películas de Wilder y Marshall la desnudez y la relación sexual se muestran de forma más discreta, la prostituta también queda sometida a lo que la teórica feminista Laura Mulvey denomina la “mirada masculina”, en el que la mujer se convierte en una “imagen”, en un “espectáculo”, una fantasía. Irma se define únicamente por el atributo de “dulce” y Vivian de “bonita”. Dos tipos de mujeres que contrastan con las protagonistas de Belle du Jour (Luis Buñuel, 1967) y Jeune et Jolie (François Ozon, 2013), que deciden explorar la prostitución por simple curiosidad, quizás por aburrimiento.

Belle du jour

Belle du Jour

Pero al igual que en Pretty Woman e Irma la Dulce, en las películas de Buñuel y Ozon el hombre es el “portador de la mirada”, citando una vez más a Mulvey. En este caso, dicha mirada se  muestra a través de la fijación por el cuerpo desnudo. Una erotización que ignora, al contrario de lo que sucede en Working Girls, que el juego de seducción es tan solo un truco para mantener satisfechos a los clientes.

No es extraño, por lo tanto, que en el film de Borden la desnudez se despoje del matiz erótico, del componente del deseo: la mayoría de veces que vemos el pubis de Molly es en el espejo, cuando ella se ve a sí misma, no porque una cámara se fije obsesivamente en el cuerpo femenino.

Por todo ello, y aunque hayan pasado 30 años de su estreno, Working Girls es un interesante largometraje que permite derribar la visión idealizada y pasiva de la prostituta fijada en el imaginario cinematográfico. Con un tinte realista, Lizzie Borden- que pasó seis meses entrevistando a prostitutas antes de filmar la película-, reconoce la autonomía femenina y permite una reflexión personal sobre las consecuencias de las relaciones sexuales de pago, sin posicionarse a favor o en contra.

BIBLIOGRAFÍA:

Lane, Christina- Feminist Hollywood, From Born to Flames to Point Break

Mulvey, Laura- Visual Pleasure and Narrative Cinema 

                              Fetishism and Curiosity

Ramanathan, Geetha- Feminist Auteurs: Reading Women’s Film

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